Uno
de los hechos más tristemente conocidos que nos proponemos investigar fue el
acaecido en la Iglesia
Santa Cruz, el 8 de Diciembre de 1977, cuando un grupo de
tareas de la Escuela
de Mecánica de la Armada
secuestró a militantes de derechos humanos que asistían a una celebración en
búsqueda de reunir fondos para la publicación de una solicitada donde se
denunciaba la desaparición de personas y la perpetración de un estado represivo
que luego se conocería como ‘terrorismo de Estado’.
Somos
alumnos de 5ºAño del Instituto Santa Cruz, la escuela que junto a la Parroquia
y el Centro Nazareth conforman la ‘Manzana Santa Cruz’ una unidad que a lo
largo de los años ha buscado comprometerse con el Evangelio de los crucificados
y la defensa irrestricta de los derechos de los marginados, perseguidos y
excluidos. Es por ello que aquellos sucesos forman parte de nuestra identidad
como alumnos de la comunidad pasionista y esta oportunidad de investigarlos y
profundizarlos nos ha permitido hacer memoria y consolidar nuestro compromiso.
El
24 de marzo de 1976, la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas,
integradas por el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo
Massera y el brigadier Héctor P. Agosti, derrocó a la presidenta constitucional
María Estela Martinez de Perón y asumió el gobierno iniciando una nueva
experiencia que denominó ‘Proceso de Reorganización Nacional’. Aquel no fue un
golpe más, los objetivos eran otros y no se esgrimían públicamente. Ya no
bastaba la mera interrupción de un gobierno civil y la consiguiente
administración militar, ahora el propósito era la construcción de un nuevo
orden que permitiese la instauración de la sociedad ‘occidental y cristiana’ en
el marco de una sociedad militarizada y disciplinada que asegurase la
consolidación definitiva de los grupos concentrados de poder económico mediante
la implantación del neoliberalismo, la nueva panacea de las oligarquías
nacionales, y la eliminación sin más de cualquier atisbo de organización
popular que se animase a discutir semejante hegemonía. El fin último era el
exterminio físico de todos los disidentes del proyecto hegemónico y a partir de
su violencia desmesurada inmovilizar a todos los argentinos inoculando en sus
venas el terror más profundo, lo que algunos llamaron la ‘cultura del miedo’,
el miedo a creer en las utopías, en los
sueños de modificar una sociedad injusta, el miedo en el otro, en el vecino, en
el compañero, el miedo al distinto, el miedo, miedo de caminar por las calles,
miedo de hablar, miedo de pensar, miedo de vivir, miedo con el único objetivo
de instaurar un discurso único, absoluto, unidimensional, que suprimiera todo sentido
de otredad social.
A
pesar de todo ello no pocas voces se alzaron contra la dictadura y su genocidio
sistemático. Las Madres de Plaza de Mayo y el resto de los organismos de
derechos humanos fueron lentamente ganando protagonismo aún en el marco de una
sociedad aterrorizada que muchas veces avalaba la represión bajo la consigna
del ‘por algo será’, frase que se repetía en los lugares de trabajo y en las
sobremesas familiares para justificar la desaparición de un conocido. Las
puertas se cerraban a quienes buscaban resistir, aunque no todas, las de la
Iglesia Santa Cruz se abrieron solidarias a aquellos familiares y militantes
que tímidamente intentaban denunciar el drama de las desapariciones.
El
padre Mateo Perdía C.P, por entonces párroco de la Iglesia, sostenía “Santa Cruz fue un espacio de reunión para
ejercer la libertad en aquellos difíciles días en los que se corrían muy serios
riesgos, ante tales actitudes en defensa de los derechos del hombre. Pero Santa
Cruz lo fue y lo sigue siendo, sigue manteniendo su imagen de respeto a los
derechos y a la libertad en cada fecha en que se recuerda estos hechos” (1). La
Iglesia abrió sus puertas a ese pequeño grupo que hurgaba por la suerte de sus
familiares en juzgados, comisarías, Iglesias y despachos oficiales, ofreciendo
un salón para reuniones en la Casa Parroquial.
Las Madres de Plaza de Mayo
lideradas por Azucena Villaflor de De Vicenti habían iniciado sus rondas de los
jueves por la plaza histórica ante la indiferencia mayoritaria y el
hostigamiento policial; junto a otros familiares y militantes presentaban
hábeas corpus sin resultado en los distintos juzgados y permanecían largas
horas esperando en despachos oficiales, comisarías y hasta en la tétrica
Iglesia Stella Maris donde monseñor Emilio Graselli recorría el fichero de la
muerte avalando o desestimando la búsqueda como un oráculo de la muerte.
En
Santa Cruz los familiares hallaron un refugio, un sitio cálido donde podían
sentirse libres y contenidos ante la tragedia que estaban atravesando. Hacia
fines de aquel año 1977, la actividad pautada era recolectar fondos para una
solicitada a ser publicada en el diario ‘La Nación’ bajo el título de ‘Por una
Navidad en paz. Solo pedimos la verdad’.